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*Correspondencia: Aloisia P. Hernández-Morales. Email: aloisa_hndz@yahoo.com.mx
A cinco años del inicio de la pandemia por el SARS-CoV-2, la radiología torácica ha evolucionado hacia un papel central en la caracterización, la estratificación de gravedad y el seguimiento longitudinal del daño pulmonar asociado a la COVID-19. En la fase aguda, la tomografía computarizada continúa siendo el método más sensible para identificar hallazgos asociados a la extensión inflamatoria, temporalidad y riesgo de progresión. La radiografía de tórax, aunque menos sensible, mantiene utilidad como herramienta de monitoreo en escenarios de alta demanda asistencial. En las secuelas postagudas y síndrome post- COVID, la tomografía computarizada ha permitido definir secuelas estructurales relevantes parenquimatosas pulmonares persistentes en el tiempo y evidentes a inspección visual, en correlación con el deterioro funcional y calidad de vida de los pacientes. Aunque con menos extensión en el uso clínico, la imagen de resonancia magnética pulmonar ha ampliado su uso mediante secuencias ultrarrápidas y técnicas de perfusión, revelando disfunción microvascular en pacientes con síntomas persistentes. En este lustro, la integración de la inteligencia artificial, la cuantificación automatizada y los biomarcadores radiológicos se consolidan como eje fundamental para la comprensión de la COVID-19 y la personalización del manejo clínico; este aprendizaje debe ser llevado a escenarios de promoción en proyección, prevención e investigación en salud respiratoria.
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